La Transfiguración del Señor
Conmemorada el 6 de agosto (19 de agosto). San Gregorio Palamás, arzobispo de Tesalónica: Homilía sobre la Transfiguración
Para explicar la fiesta presente y comprender su verdad, es necesario que nos remontemos al comienzo mismo de la lectura evangélica de hoy: «Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto» (Mt 17,1).
Ante todo, podríamos comenzar preguntándonos: ¿desde cuándo empieza el evangelista Mateo a contar esos seis días? ¿Qué día era aquel? ¿Qué indica la afirmación precedente, en la que el Salvador, enseñando a sus discípulos, les dijo: «Porque el Hijo del Hombre vendrá con sus ángeles en la gloria de su Padre», y después: «En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre venir en su Reino» (Mt 16,27-28)? Es decir, Él llama «gloria de su Padre y de su Reino» a la Luz de su futura Transfiguración.
El evangelista Lucas señala esto y lo revela con mayor claridad, diciendo: «Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, y subió al monte a orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, y su vestido se volvió de una blancura resplandeciente» (Lc 9,28-29). Pero ¿cómo pueden conciliarse ambos relatos, cuando uno habla de manera concreta de un intervalo de ocho días entre aquellas palabras y la manifestación, mientras que el otro dice: «seis días después»?
En el monte había ocho, aunque solamente seis eran visibles. Tres —Pedro, Santiago y Juan— habían subido con Jesús, y vieron allí a Moisés y a Elías de pie, conversando con Él; de modo que, en total, eran seis. Sin embargo, el Padre y el Espíritu Santo estaban invisiblemente con el Señor: el Padre, con su Voz, dando testimonio de que Este era su Hijo amado, y el Espíritu Santo, resplandeciendo con Él en la nube luminosa. Así pues, los seis son en realidad ocho, y no existe contradicción respecto a los ocho. Del mismo modo, tampoco hay contradicción entre los evangelistas cuando uno dice «seis días después» y el otro «ocho días después de estas palabras».
Pero estas dos maneras de expresarse nos presentan, por así decirlo, una cierta figura establecida de modo misterioso, y junto con ella, la de aquellos que realmente estuvieron presentes en el Monte. Es razonable, y todo aquel que estudia racionalmente conforme a la Escritura sabe que los evangelistas concuerdan entre sí. Lucas habló de ocho días sin contradecir a Mateo, quien declaró «seis días después». No se añade un día más para representar el día en que fueron pronunciadas estas palabras, ni tampoco se añade el día en que el Señor fue transfigurado, aunque una persona razonable pudiera pensar naturalmente que ambos días se añaden a los de Mateo.
El evangelista Lucas no dice «después de ocho días» —como el evangelista Mateo dice «después de seis días»—, sino: «aconteció como ocho días después de estas palabras». Pero allí donde los evangelistas parecen contradecirse, en realidad nos señalan algo grande y misterioso. En efecto, ¿por qué uno dijo «después de seis días», mientras que el otro, dejando de lado el séptimo día, tuvo en mente el octavo? Porque la gran visión de la Luz de la Transfiguración del Señor es el misterio del Octavo Día, es decir, de la edad futura, que ha de revelarse después de que pase el mundo creado en seis días.
Acerca del poder del Espíritu Divino, por medio del cual ha de revelarse el Reino de Dios, el Señor predijo: «Hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre venir en su Reino» (Mt 16,28). En todo lugar y de toda manera estará presente el Rey, y en todo lugar estará su Reino, pues la venida de su Reino no significa el traslado de un lugar a otro, sino la revelación del poder del Espíritu Divino. Por eso se dice: «venir con poder». Y este poder no se manifiesta a las personas sencillas y comunes, sino a quienes permanecen con el Señor, es decir, a quienes han afirmado su fe en Él como Pedro, Santiago y Juan, y especialmente a quienes están libres de nuestro natural rebajamiento. Por esto, precisamente, Dios se manifiesta en el Monte: por una parte, descendiendo desde sus alturas y, por otra, elevándonos a nosotros desde las profundidades de nuestro abatimiento, pues el Trascendente asume la naturaleza mortal. Ciertamente, semejante manifestación supera con mucho los límites más extremos de la comprensión de la mente y se realiza por el poder del Espíritu Divino.
Así pues, la Luz de la Transfiguración del Señor no es algo que llegue a existir y luego desaparezca, ni está sometida a las facultades de los sentidos, aunque durante un breve tiempo fue contemplada con ojos corporales sobre una modesta cumbre. Pero los iniciados en el Misterio, los discípulos del Señor, pasaron entonces más allá de la mera carne hacia el espíritu mediante una transformación de sus sentidos obrada en ellos por el Espíritu, y de este modo contemplaron aquello que el Espíritu Divino había obrado en ellos y en la medida en que les había concedido la bienaventuranza de contemplar la Luz Inefable.
Quienes no comprenden este punto han supuesto que los escogidos entre los Apóstoles contemplaron la Luz de la Transfiguración del Señor mediante una facultad sensible y creada; y con ello intentan reducir al nivel de lo creado no solamente esta Luz, el Reino y la Gloria de Dios, sino también el Poder del Espíritu Divino, por medio del cual deben ser revelados los Misterios Divinos. Con toda probabilidad, tales personas no han prestado atención a las palabras del apóstol Pablo: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos lo reveló por su Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios» (1 Cor 2,9-10).
Así pues, al llegar el Octavo Día, el Señor, tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan, subió al Monte para orar. Él solía orar a solas, apartándose de todos, incluso de los mismos Apóstoles, como por ejemplo cuando alimentó con cinco panes y dos peces a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños (Mt 14,19-23). O bien llevaba consigo a los que sobresalían entre los demás, como al acercarse su Pasión salvadora, cuando dijo a los otros discípulos: «Sentaos aquí mientras voy allí a orar» (Mt 26,36). Después tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan. Pero en el caso que ahora nos ocupa, tomando únicamente a esos mismos tres, el Señor los llevó aparte a un monte alto y se transfiguró delante de ellos, es decir, ante sus propios ojos.
«¿Qué significa decir: “fue transfigurado”?», pregunta el Teólogo de Boca de Oro, Crisóstomo. Y responde: «Les reveló algo de su Divinidad, tanto cuanto eran capaces de comprenderlo, y mostró la inhabitación de Dios en Él». El evangelista Lucas dice: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió» (Lc 9,29); y en el evangelista Mateo leemos: «Su rostro resplandeció como el sol» (Mt 17,2). Pero el evangelista no dijo esto para que se pensara que esta Luz pertenece al ámbito de los sentidos —dejemos de lado la ceguera mental de quienes no pueden concebir nada superior a lo que se conoce por los sentidos—, sino para mostrar que Cristo Dios es, para quienes viven y contemplan por el Espíritu, lo mismo que el sol es para quienes viven en la carne y contemplan mediante los sentidos. Por consiguiente, quienes han sido enriquecidos con dones divinos no necesitan ninguna otra luz para conocer la Divinidad.
Aquella misma Luz inescrutable resplandeció y se manifestó misteriosamente a los Apóstoles y a los principales de los Profetas en el momento en que el Señor oraba. Esto muestra que lo que dio lugar a aquella visión bienaventurada fue la oración, y que el resplandor se produjo y se manifestó mediante la unión de la mente con Dios; y que es concedido a todos aquellos que, ejercitándose constantemente en las obras de la virtud y en la oración, dirigen su mente hacia Dios. La verdadera belleza, en esencia, sólo puede contemplarse con una mente purificada. Contemplar su resplandor supone cierta participación en él, como si un rayo luminoso imprimiera su huella sobre el rostro.
También el rostro de Moisés quedó iluminado por su trato con Dios. ¿No sabéis que Moisés fue transfigurado cuando subió al monte y allí contempló la Gloria de Dios? Pero él, Moisés, no produjo esta transfiguración, sino que la recibió. Nuestro Señor Jesucristo, en cambio, poseía esa Luz en Sí mismo. Por ello, en realidad, Él no necesitaba la oración para que su carne irradiara la Luz Divina; oró para mostrar de dónde desciende esa Luz sobre los santos de Dios y cómo debe ser contemplada. Porque está escrito que también los santos «resplandecerán como el sol» (Mt 13,43), es decir, enteramente penetrados por la Luz Divina mientras contemplan a Cristo, que resplandece divina e inexpresablemente con su propio Resplandor, procedente de su Naturaleza Divina. En el Monte Tabor se manifestó también en su Carne a causa de la Unión Hipostática, es decir, la unión de las dos naturalezas perfectas, divina y humana, en la divina Persona o Hipóstasis de Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. El Cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia definió esta unión hipostática de las dos naturalezas de Cristo, divina y humana, como «sin mezcla, sin cambio, sin división, sin separación».
Creemos que en la Transfiguración Él no manifestó ninguna otra clase de luz, sino solamente aquella que estaba oculta bajo la apariencia exterior de su carne. Esta Luz era la Luz de la Naturaleza Divina y, como tal, era Increada y Divina. Del mismo modo, según la enseñanza de los Padres, Jesucristo se transfiguró en el Monte no tomando sobre Sí algo nuevo, ni convirtiéndose en algo nuevo, ni adquiriendo algo que antes no poseía. Más bien, mostró a sus discípulos aquello que Él ya era, abriendo sus ojos y llevándolos de la ceguera a la visión. Porque ¿no veis que unos ojos capaces de percibir las cosas naturales serían ciegos para esta Luz?
Por tanto, esta Luz no es una luz de los sentidos, y quienes la contemplan no ven simplemente con ojos sensibles, sino que son transformados por el poder del Espíritu Divino. Ellos mismos fueron transformados, y sólo así contemplaron la transformación que tenía lugar en medio de la misma asunción de nuestra naturaleza perecedera, mediante la deificación por la unión con el Verbo de Dios.
Así también, aquella que concibió y dio a luz milagrosamente reconoció que Aquel que había nacido de ella era Dios encarnado. Del mismo modo ocurrió con Simeón, quien simplemente recibió a este Niño en sus brazos, y con la anciana Ana, que salió del Templo de Jerusalén para el Encuentro, pues el Poder Divino iluminaba como a través de un cristal, dando luz a quienes poseían los ojos puros del corazón.
¿Y por qué el Señor, antes de comenzar la Transfiguración, escogió a los principales de los Apóstoles y los condujo consigo al Monte? Ciertamente, para mostrarles algo grande y misterioso. ¿Qué tendría de especialmente grande o misterioso mostrar una luz sensible que no sólo los principales Apóstoles, sino también todos los demás, poseían ya abundantemente? ¿Por qué habrían necesitado que sus ojos fueran transformados por el poder del Espíritu Santo para contemplar esta Luz, si fuese meramente sensible y creada? ¿Cómo podrían la Gloria y el Reino del Padre y del Espíritu Santo manifestarse en una especie de luz sensible? En efecto, ¿en qué clase de Gloria y Reino vendría Cristo el Señor al final de los siglos, cuando ya no sería necesario nada en el aire, ni en el espacio, ni nada semejante, sino cuando, según las palabras del Apóstol, «Dios será todo en todos» (1 Cor 15,28)? Es decir, ¿lo transformará todo para todos? Si es así, se sigue que también la luz está incluida.
Por consiguiente, está claro que la Luz del Tabor era una Luz Divina. Y el evangelista Juan, inspirado por la Revelación Divina, dice claramente que la ciudad futura, eterna y perdurable, «no tiene necesidad de sol ni de luna que la iluminen, porque la Gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lámpara» (Ap 21,23). ¿No está claro que señala aquí que este Cordero es Jesús, quien ahora se transfigura divinamente en el Tabor, y cuya carne resplandece, siendo la lámpara que manifiesta la Gloria de la Divinidad a quienes suben con Él al monte?
Juan el Teólogo dice también acerca de los habitantes de esta ciudad: «No tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y no habrá más noche» (Ap 22,5). Pero ¿cuál es, podemos preguntarnos, esta otra luz en la que «no hay cambio ni sombra de variación» (St 1,17)? ¿Qué luz puede ser constante y sin ocaso, sino la Luz de Dios? Además, ¿podrían Moisés y Elías —y particularmente el primero, que evidentemente estaba presente sólo en espíritu y no en carne, mientras que Elías había ascendido corporalmente al Cielo en el carro de fuego— resplandecer con alguna clase de luz sensible y ser vistos y reconocidos? Especialmente cuando de ellos está escrito: «aparecieron en gloria y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9,30-31). ¿Y de qué otro modo podrían los Apóstoles haber reconocido a quienes jamás habían visto, sino mediante el misterioso poder de la Luz Divina, que abrió los ojos de su entendimiento?
Pero no fatiguemos nuestra atención con interpretaciones aún más profundas de las palabras del Evangelio. Creamos, pues, tal como nos enseñaron aquellos mismos que fueron iluminados por el propio Señor, pues sólo ellos conocen bien estas cosas: los Misterios de Dios, según las palabras de un profeta, son conocidos únicamente por Dios y por quienes están en su constante cercanía.
Considerando, por tanto, el Misterio de la Transfiguración del Señor conforme a su enseñanza, esforcémonos también nosotros por ser iluminados por esta Luz y fomentemos en nosotros el amor y el anhelo por la Gloria y la Belleza que no se marchitan, purificando nuestros ojos espirituales de los pensamientos mundanos y absteniéndonos de los deleites y bellezas perecederos y pasajeros que oscurecen la vestidura del alma y conducen al fuego de la Gehenna y a las tinieblas eternas.
Seamos liberados de ellos mediante la iluminación y el conocimiento de la Luz incorpórea y siempre existente de nuestro Salvador, transfigurado en el Tabor en su Gloria, y de su Padre desde toda la eternidad, y de su Espíritu Vivificador, que son un solo Resplandor, una sola Divinidad, Gloria, Reino y Poder, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Amén.
Troparion (Tono 7)
Te transfiguraste en el monte, oh Cristo Dios, revelando tu gloria a tus discípulos en la medida en que podían soportarla. Haz que tu Luz eterna resplandezca también sobre nosotros, pecadores, por las oraciones de la Madre de Dios. ¡Oh Dador de Luz, gloria a Ti!
Kontakion (Tono 7)
En el monte te transfiguraste, oh Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria en la medida en que podían verla; para que, cuando te contemplaran crucificado, comprendieran que tu sufrimiento era voluntario y proclamaran al mundo que Tú eres verdaderamente el Resplandor del Padre.
Fuente:
Traducido de https://www.oca.org/fs/sermons/sermon-on-the-transfiguration
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