Santa Taís de Egipto, educada por su madre en un ambiente muy alejado de la piedad cristiana, llevó una vida de pecado y desenfreno. Era célebre por su belleza, con la que condujo a muchos por el camino de la perdición.
La fama de la vida disoluta de Taís se extendió por todo Egipto y llegó incluso a oídos de san Pafnucio, un austero asceta que había conducido a muchos al camino de la salvación.
San Pafnucio se vistió con ropas seglares y acudió a Taís, ofreciéndole dinero como si quisiera pagar por sus favores. Fingiendo temer que alguien pudiera descubrirlos, le preguntó si había algún lugar donde nadie pudiera verlos.
Taís respondió que podían cerrar la puerta y permanecer completamente a solas.
—Pero si temes a Dios —añadió—, no existe lugar alguno donde puedas ocultarte de Él.
Al comprobar que conocía a Dios y el castigo reservado a los malvados, el anciano le preguntó por qué llevaba una vida pecaminosa y arrastraba a otros a la perdición de sus almas. Le habló del castigo eterno que tendría que afrontar, tanto por sus propios pecados como por aquellos a quienes había corrompido y conducido a la ruina espiritual.
Las palabras de san Pafnucio conmovieron tan profundamente a la pecadora que reunió todas las riquezas adquiridas mediante su vida vergonzosa y las quemó públicamente en la plaza de la ciudad.
Después, san Pafnucio la recluyó en una pequeña celda, donde permaneció durante tres años en soledad y recogimiento. Vuelta hacia Oriente, Taís repetía incesantemente una breve oración:
«¡Creador mío, ten misericordia de mí!».
Antes de su muerte, Taís confesó al anciano:
—Desde el momento en que entré en la celda, todos mis pecados estuvieron constantemente ante mis ojos, y lloraba cada vez que los recordaba.
San Pafnucio le respondió:
—Es por tus lágrimas, y no por la austeridad de tu retiro, por lo que el Señor te ha concedido su misericordia.
Santa Taís estuvo enferma durante tres días y después durmió en el Señor.
Así, esta mujer, que había sido una prostituta y pecadora, entró en el Reino de Dios antes que nosotros, conforme a las palabras del Evangelio:
«Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros al Reino de Dios» (Mt 21,31).
San Pablo el Simple, cuya memoria se celebra el 4 de octubre, contempló en una visión el lugar que había sido preparado en el Paraíso para la penitente Taís.
Troparion (Tono 4)
Oh Dios de nuestros padres, no apartes de nosotros tu misericordia, sino obra siempre con nosotros conforme a tu bondad y, por las oraciones de tu santa Taís, guía nuestras vidas por el camino de la paz.
Kontakion (Tono 2)
Alabemos a la bienaventurada Taís, rama verdaderamente fecunda surgida de una raíz corrompida, dulce corriente nacida de una fuente salada, imagen del arrepentimiento y modelo de paciencia.
La que antes fue vaso de pecado es ahora vaso escogido de la gracia.
Clamemos a ella en alta voz:
¡Oh venerable Taís, ruega a Cristo Dios que salve nuestras almas!




