La vida de los Santos: El Santo Monje Pablo de Tebas
Conmemorado el 15 de enero (28 de enero)
El Monje Pablo de Tebas nació en Egipto, en la región de la Baja Tebaida, durante el reinado del emperador Decio. Provenía de padres ricos y, junto con su hermana, heredó todos los bienes familiares. Pero su cuñado, idólatra y ambicioso, quiso apoderarse de la parte que correspondía a Pablo y lo amenazó con denunciarlo como cristiano ante las autoridades si no cedía su herencia.
Al mismo tiempo, Pablo contemplaba con sus propios ojos el heroísmo de los mártires cristianos que se ofrecían a sí mismos por Cristo durante la persecución. Aquella injusticia, unida al ejemplo de los mártires, movió profundamente su alma. Comprendió la palabra del Señor: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» Entonces entregó su parte de los bienes a su hermana y, haciéndose pobre voluntariamente, se retiró al desierto para vivir sólo para Dios.
Se estableció en una cueva al pie de una colina, desconocido por todos, y allí habitó durante 91 años, entregado a la oración incesante, día y noche. Se alimentaba de dátiles y de medio pan que cada día le traía un cuervo. Se cubría con una vestidura tejida por él mismo con hojas de palmera. El desierto se convirtió para él en paraíso, pues como dicen los Padres: «Donde está Dios, allí está la vida».
A qué alturas espirituales llegó este gigante de la ascesis lo atestigua nada menos que san Antonio el Grande. En una ocasión, Antonio pensó que apenas existiría otro ermitaño tan perfecto como él. Entonces oyó una voz:
«Antonio, hay un siervo de Dios más perfecto que tú, que habita en este desierto desde antes que tú. Ve más adentro y lo hallarás».
Antonio partió obediente, aprendiendo ya la lección de la humildad: «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes».
Durante el camino, Antonio encontró criaturas extrañas del desierto y, según la antigua narración, incluso un ser que decía pertenecer a aquellos espíritus que los paganos confundían con faunos o sátiros, suplicando que se rogara al verdadero Dios por ellos. Antonio lloró de gozo al oír que incluso la creación reconocía a Cristo, exclamando: «¡Ay de ti, ciudad que adoras monstruos, cuando hasta las bestias proclaman a Cristo!»
Tras largas jornadas sin saber adónde dirigirse, guiado sólo por la fe, vio una loba que, sedienta, se introducía en una cueva al pie de la montaña. Siguiéndola, llegó al lugar. Después de insistir con humildad, la puerta de la cueva se abrió y los dos ancianos se abrazaron, llamándose por sus nombres sin haberse visto nunca, dando gracias a Dios.

Conversaron largamente. Pablo preguntaba por el mundo, por los hombres, por la fe. Mientras hablaban, un cuervo descendió y dejó ante ellos un pan entero. Pablo dijo: «El Señor, verdaderamente misericordioso, nos ha enviado hoy doble ración; durante sesenta años sólo recibí medio pan». Discutieron con santa cortesía quién debía partirlo, pasando casi todo el día en aquella humilde disputa de amor fraterno.
Pablo anunció entonces que su fin se acercaba:
«Hace tiempo que sabía que habitabas en estas regiones. Dios te prometió que vendrías. Mi hora ha llegado; he deseado partir y estar con Cristo».
Pidió a Antonio que, al morir, envolviera su cuerpo con el manto que san Atanasio le había regalado a Antonio.
Antonio regresó a su monasterio y dijo a sus discípulos:
«¡Ay de mí, pecador! He visto a Elías, he visto a Juan en el desierto, y verdaderamente he visto a Pablo en el Paraíso».
Volvió apresuradamente. En el camino vio a Pablo ascender al cielo entre ángeles, profetas y apóstoles, vestido de blancura. Al llegar a la cueva lo halló de rodillas, con las manos alzadas: había muerto orando, como quien simplemente se había dormido en Dios.
Antonio quiso enterrarlo, pero no tenía herramientas. Entonces dos leones salieron del desierto, mansos, y cavaron la sepultura con sus garras, como si también la creación alabara al Creador en su siervo. Antonio los bendijo, diciendo:
«Señor, sin cuya voluntad no cae una hoja ni un gorrión a tierra, concédeles lo que sea mejor».
Sepultó al santo anciano y tomó su túnica de hojas de palmera como reliquia. La conservó con gran veneración y sólo la vestía dos veces al año: en Pascua y en Pentecostés.
San Pablo de Tebas vivió 113 años y murió en el Señor hacia el año 341–342. No fundó monasterios, pero tras su muerte muchos imitaron su vida, y el desierto se llenó de monjes. Por ello es considerado padre del monacato ortodoxo.
Su vida es también una silenciosa predicación contra el apego a las riquezas. Como escribió san Jerónimo al final de su relato: quien adorna casas con mármoles y oro, ¿qué tiene que no le falte al que bebía en el hueco de su mano? Pablo, pobre y desnudo, poseía el Paraíso; muchos ricos, cargados de oro, están vacíos de Dios. «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos».

En el siglo XII, por orden del emperador Manuel, su cuerpo fue trasladado a Constantinopla, luego a Venecia y después a Hungría, a Óbuda. Parte de su cabeza se venera en Roma.
Troparion (Tono 3)
Inspirado por el Espíritu, fuiste el primero en habitar el desierto, emulando a Elías el celoso; como imitador de los ángeles, fuiste dado a conocer al mundo por san Antonio el Grande. Justo Pablo, ruega a Cristo Dios que nos conceda Su gran misericordia.
Kontakion (Tono 3)
Reunidos hoy, alabemos con himnos la lámpara inextinguible del Sol noético; pues resplandeciste sobre los que estaban en la oscuridad de la ignorancia, guiando a todos hacia las alturas divinas, oh venerable Pablo, adorno de los tebanos, firme fundamento de los padres y de los venerables.




