3. domingo después de Pascua. 3.5.26: Domingo del Paralítico
Este domingo conmemoramos el milagro de la sanación del hombre en el estanque de Betesda, que era paralítico desde hace 38 años.
JUAN 5:1-18.
Los milagros de Jesús son “signos” que revelan quién es él; en este milagro vemos un profundo significado teológico en varios temas.
Los textos litúrgicos de este día repiten la esencia del milagro: levantarse, caminar y empezar una vida nueva en Cristo.
San Juan Crisóstomo, interpreta al paralítico como figura de la humanidad caída: El hombre está enfermo y no puede salvarse por sí mismo. Es Cristo resucitado el que levanta al ser humano caído.
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Cristo toma la iniciativa en su misericordia divina y se acerca al enfermo, que no muestra una fe extraordinaria, incluso parece resignado.
Jesús, por supuesto, sabe que el hombre quiere curarse, pero respeta la libertad humana y le pide que lo exprese. Dios no salva al hombre sin su consentimiento.
Según los Padres Santos, Jesús hace preguntas no porque necesite la información, sino para enseñar a quienes escuchan.
La sanación no debe ser solo física, sino que también espiritual.
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El Paralítico no pudo sanarse en todos los años, porque no alcanzaba a llegar al agua cuando el ángel la agitaba.
Pero Cristo como el “agua de vida” y fuente de sanación no necesitaba usar agua.
La verdadera agua que da vida no es la piscina, sino Cristo mismo, que sana y transforma.
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Cristo ordena a actuar; el paralítico es llamado a levantarse y caminar, no solo físicamente, pero en una vida renovada. Con este hecho vemos un principio central ortodoxo: la sinergia = la colaboración imprescindible del creyente, si quiere llegar a la salvación. La gracia de Dios inicia y el ser humano continúa.
Según San Juan Crisóstomo, el primer paso de la curación es querer levantarse.
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El milagro en un sábado provoca a las autoridades religiosas. Jesús enseña que el sábado está al servicio de la vida y que él tiene incluso autoridad sobre la ley del sábado. La misericordia y la restauración están en el centro de la voluntad divina.
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Este mandato exige a una responsabilidad espiritual y a una vida orientada a Dios.
El pecado, es la verdadera enfermedad del alma, no la física; y su curación requiere una transformación y curación espiritual… una vida nueva.







